Yo nací en el siglo XI. Allá por 1052. Desde pequeño fui dueño de un importante territorio. Mediante trucos, engaños, trapicheos y otros métodos de escasa legalidad, me hice con un territorio mucho mayor. Tenía mis propios esclavos. Incluso algunos esclavos míos tenían esclavos suyos. Yo me lo podía permitir. Mi padre me enseñó en mi infancia a leer y escribir. Me enseñó todo lo que sabía de trapicheos y juegos de palabras, así como juegos de manos.
Pocos años después del fallecimiento de mi padre, uno de mis criados me dijo que se había visto merodear “una misteriosa figura” por mi pazo. No le di importancia. “Ladrones” pensé, pero no me asustaban. No tenía piezas de gran valor en mi casa y el oro estaba bien guardado. Pasó esa noche y no ocurrió nada. Durante toda esa semana y la siguiente, todas las noches me llegaba el mismo informe: una misteriosa figura merodeando en mi territorio. Me extrañó de sobremanera, así que decidí contratar a algunos guardas para que vigilaran los terrenos. De todas formas, me extrañaba que alguien hubiera podido saltar los altos muros que rodeaban los campos o atravesar las puertas, puesto que yo raras veces salía de casa. Coloqué a los guardas de modo estratégico para que pudieran vigilar todo el parque.
Los resultados no se hicieron esperar. A la mañana siguiente los guardas afirmaron haber visto la figura extraña. Pero no pudieron capturar a la persona que fuera. Parece ser que desaparecía misteriosamente. Le resté importancia al asunto. De todas formas, dejé a los guardias, pero les di la orden de que si volvían a ver a la figura extraña que no le hicieran caso.
A los pocos días, la extraña figura dejó de molestar. Pasó un año y me casé. Mi vida en pareja iba bastante bien. Y Dios nos bendijo con una niña preciosa. Me encantaba verla correr por los jardines del pazo, con sus elegantes ropajes y su dorada cabellera al viento.
Inesperadamente, una tarde de otoño llegó una nota para mí. Era una invitación a una fiesta… más bien una reunión de negocios. El lugar de la cita quedaba lejos de mi hogar familiar y, por razones que desconocía en ese momento, mi familia no tendría permiso para ir. A pesar de ser una aclaración cada vez menos común, todavía había algunos nobles arraigados en las viejas costumbres, así que no sospeché nada raro y mandé preparar mi equipaje.
El palacete donde había sido invitado era mucho mayor que mi propia casa. Los criados estaban por doquier, aunque todos parecían ligeramente desconcertados. Me hicieron pasar por unas puertas de roble hasta un salón con pocas ventanas, pero las velas iluminaban bien la estancia. Me hicieron esperar sentado ahí y me dijeron que habría que esperar a que llegaran los demás invitados.
Ya estaba anocheciendo cuando me hicieron pasar a la sala de reuniones. La estancia era enorme… alfombras rojas decoraban el suelo, hermosos cuadros bien cuidados las paredes, acompañados de candelabros. Una enorme y preciosa mesa en el centro, con numerosas sillas a los lados, así como una en cada cabecera. En uno de estos dos exclusivos lugares, una figura me esperaba. Una figura majestuosa que tenía la cabeza agachada. La posición y la capucha tapaban su cara y una capa su cuerpo. En cuanto mis ojos la percibieron, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. El sonido de la puerta cerrándose detrás de mi me indicaba que no había más invitados que la persona que presidía la mesa y yo.
Me asusté. Mi corazón se aceleró y mis músculos empezaron a fallarme. Traté de no vacilar mientras caminaba hasta la mesa y me sentaba en el asiento más alejado de la figura posible. Levantó la cabeza y sus ojos me miraron fijamente.
- Te voy a dar dos opciones... aunque conozco tu respuesta. Primero te explicaré la situación y luego te diré las opciones que tienes. – Empezó a hablar ella. Por alguna razón, yo no podía moverme ni hablar. – Ahora mismo, tus terrenos están siendo atacados por un grupo de bandidos. Cuando acaben, lo quemarán todo... con tu esposa y tu hija dentro. No puedes hacer nada para evitarlo. Las dos opciones que tienes son las siguientes...
Hizo una pausa, su cara mostró una mueca de satisfacción y sus colmillos se asomaron de un modo casi tímido.
- La primera opción que tienes es morir ahora. Yo personalmente me encargaría de hacer que parezca que has muerto en el asalto que está produciéndose ahora mismo en tu parcela. La segunda opción que te doy, es que finjas tú mismo tu muerte en ese asalto y te vengas conmigo. No como mi marido, ni como mi amante. Sino como mi compañero. Mi socio... para toda la eternidad.
Sus palabras me desconcertaron de sobremanera. “¿Para toda la eternidad? ¿Habla enserio? ¿Me está tomando el pelo?” De un modo u otro, la firmeza de sus palabras demostraba que estaba convencida de que lo que decía era verdad, y por un lado eso me asustaba. Se levantó y empezó a caminar por la estancia. A su paso, todo cambiaba. Las sombras danzaban en el ir y venir del fuego, pero a la vez cambiaban de forma. Poco a poco, la oscuridad invadió la habitación, a pesar del fuego de las velas.
-¿Estás convencido ahora? – La voz de mi anfitriona se escuchaba desde todos lados – Puedes venirte conmigo para toda la eternidad. Este poder y muchos más pueden ser tuyos... únicamente si aceptas mi oferta.
Agaché la cabeza. Finalmente sí que hablaba enserio... pensé por un momento en mi esposa y mi hija. Pensé en los terrenos que tanto me había costado conseguir y me llené de odio. El odio invadió mi cuerpo y mis venas. Se me ocurrió un plan de venganza. Lo ideé todo rápidamente. Así que di mi respuesta:
-Acepto... me uniré a ti si así lo deseas...
Desde entonces estoy esperando el momento idóneo para cumplir mi venganza...
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