24 septiembre 2006

Copy-Paste

El texto que veréis a continuación, es una vieja entrada de mi space. En concreto del día 28 de mayo del año 2006. Había pasado algo con mi padre (no me acuerdo qué) y tenía exámenes finales cerca. De todas formas, omitiré algunas partes para hacerla más válida actualmente.


"¡Que bien escribes!" "Escribes de puta madre" "Me encanta como escribes" "Me mola como escribes" "Deberías escribir un libro de tu vida" Esto y muchas otras cosas me dicen sobre lo que aquí pongo. La verdad es que no escribo en muchos más sitios. ¿Realmente escribo tan bien? ¿Realmente sé plasmar lo que pienso y lo que veo tan claramente que a la gente le gusta? Pues yo no lo veo tan claro. No veo que mi escaso vocabulario sea suficiente como para expresar lo que viene a mi cabeza.

Cambiando de tema, estoy pasando (así como muchos otros) por una época en la que los altibajos anímicos son normales. Estoy pasando por una época en la que el desconcierto reina sobre lo demás. No estoy del todo animado y no estoy del todo desanimado. El miedo invade mi mente por momentos. Los recuerdos de viejos momentos, sean buenos o malos, invaden mi cabeza constantemente y se encargan de establecer mi estado de ánimo mientras están ahí. [...]. Mi padre sigue sin preocpuarse por hacer lo que tiene que hacer cuando lo tiene que hacer y hay que recordárselo cuando es demasiado tarde.

Las pocas cosas que me libran de este peso, son mis amigos... o por lo menos cuando quedo con ellos son capaces de hacer que deje de pensar en mis preocupaciones durante las conversaciones con ellos. Otra persona que también me ayuda mucho es Shu... dentro de lo que puede. Y eso me da muchos ánimos.

Las metáforas y los dobles significados me bombardean la mente incesantemente. Soy incapaz de decir o escribir una frase sin encontrarle un doble sentido... que sé que nadie captaría... pero lo tiene. Está ahí y nadie lo puede cambiar... a veces es un significado irónico, otras es un significado triste y otras simplemente es otra manera de ordenar las palabras que dan una frase distinta... pero la capto y no puedo evitar sentirme condicionado, en parte, por ese segundo significado. [...].

Estoy cambiando. Me doy cuenta. No sé por qué, pero me doy cuenta de que estoy cambiando. Mi actitud ante las cosas que se me presentan no es la misma que la que tenía ayer, ni la que tenía ayer es la misma que tenía anteayer... Por lo que veo no es una evolución progresiva... creo que estoy volviendo atrás... aquella época en la que me preocupaban las cosas justas... o menos. No es bueno ni malo... simplemente es. Viejos miedos renacen... sé que de los errores se aprende... pero también sé que el ser humano es capaz de tropezar dos veces en la misma piedra... y tres veces... y cuatro... y...

[...]

Para determinadas cosas me he vuelto más observador... o por lo menos me doy cuenta de cosas de las que antes no me daba cuenta... pero también me pasa al revés con otras cosas. ¿me estoy centrando más en algo en concreto? Si es así, no soy capaz de determinar lo que es... y me da miedo. Tanto como las demás cosas que hay aquí escritas. Más que una entrada al blog es una nota mental, una reestructuración de mis pensamientos, así como de mis miedos y mis alegrías... aunque a esto último todavía no he llegado... ni sé si llegaré.

[...]. La presión y la desesperación se apoderan de mi. La falta de tiempo unida a la falta de sueño y el exceso de trabajo, tanto mental como físico [y en todos los sentidos habidos y por haber], me crean la idea de que no llegaré a tiempo a todo lo que tengo que hacer... y eso me da miedo. Me da miedo el intentarlo, por los pasados errores que pueden repetirse... y el fracasar tras intentarlo, por lo que puede pasar a consecuencia de ello. Pero también me da miedo no intentarlo, pues implica directamente no conseguirlo... y sería doble decepción que habiéndolo intentado... a pesar de la ironía de ello.

Vienen ahora a mi cabeza imágenes bonitas... buenos momentos y buenas canciones, acompañado de buena gente que me quiere y me acompaña... diversión y movimiento. Risas, alegrías, sonrisas, comida, chistes, bromas, comentarios... una gran familia... a la que hace años que no veo... y no sé cuando volveré a ver. Una comida familiar en la que me gustaría volver a estar. Gente nueva que me gustaría conocer...

Cambio de plano. Inseguridades. Mentiras. Engaños. Trucos. Actuaciones. Hechos fingidos. Hechos incoherentes. Silencio. Llantos. Más silencio. "No puedo... lo siento". Mi padre cerrando la puerta. Silencio... otra vez. Más llantos. Miedo. Oscuridad. Tristeza. Decepción. Dolor. Un último primer plano de mi padre.

Nuevo cambio de plano... dejo de pensar... duele demasiado.



Saludos:
Sir Dufil


21 septiembre 2006

Mi historia. V1.0

Tengo 17 años, creo. Hace poco perdí la memoria y no sé nada de mi… lo último que recuerdo… estaba en un lugar grande, como un estadio… no estaba en las gradas… hacía sol. Nunca me gustó el sol. Quizás por eso me ocurrió lo que me ocurrió… pero no precipitemos las cosas. Estaba en un estadio, hacía sol. Al parecer iba a correr una carrera… sí… una carrera. Me acuerdo que siempre corrí mucho. Me apunté a una competición de 100 metros lisos… necesitaba algo de dinero. Dan la salida… en medio de la carrera pisé mal. Me caí, y creo que alguien tropezó con mi cabeza. Posiblemente el corredor de al lado. Lo que ocurrió antes de eso… está borroso. Lo que ocurrió después… es más complicado.
“¿Dónde estoy?” pensé “me duele la cabeza… ¿Qué es ese pitido de fondo?” Intenté abrir los ojos. Fue inútil. Los tenía vendados con algo. Intenté quitarme la venda con las manos. La mano izquierda no me responde, la derecha tiene algo clavado. “¡Mierda! ¿Qué ocurrió? No consigo acordarme de nada”. Oigo unos pasos. Intento hablar. Me duele la mandíbula al moverla, pero consigo articular algunas palabras.
-¿Qué ocurre? No puedo ver.
-¡Ah!, el pequeño corredor se ha despertado. ¿Cómo te encuentras, muchacho?
-Mi cabeza da vueltas… no puedo ver… me duele la cara… me duele todo… ¿Qué ocurrió?
-Tuviste un fuerte accidente. Mientras corrías, pisaste mal y te torciste el tobillo. En la caída, apoyaste mal el brazo izquierdo y te lo rompiste. El que corría a tu lado te pisó la cara sin querer y tropezó.
El médico siguió hablando, pero yo no le escuché más. Mientras hablaba miró unas cosas. Oí como pasaba unas hojas. “¿Qué estará mirando?” pensé “mi historial médico… supongo. O el resultado de alguna prueba.”
-Bien… todo está en orden. Es posible que la cabeza te duela durante un tiempo. E incluso que no recuerdes nada durante unos días. No te asustes.
La última frase me tranquilizó… un poco. El médico se fue. Cerró la puerta detrás de él. Unos segundos más tarde, llegó una enfermera:
-Hola chaval, ¿Qué tal? ¿Cómo has pasado la tarde? – Dicho esto, se puso a cambiarme el suero. “Ahora que lo pienso… ¿Cuánto tiempo llevo aquí?” me puse nervioso. No podía vocalizar y el pitido de fondo me estaba taladrando los oídos. Cuando la enfermera se fue, empecé a analizar la situación. “Me torcí el tobillo… ¿Qué tobillo?... el derecho no fue, no me duele. El izquierdo… ¡Auch!. Fue el izquierdo. Me rompí el brazo izquierdo. Por eso no lo podía mover. Y supongo que el suero es lo que me impedía mover la mano derecha… vamos a ver si puedo quitarme la venda de los ojos”. En ese momento noté una presencia extraña. Una presencia que me tranquilizó. No había oído entrar a nadie, y el médico no se había dirigido a otra persona que no fuera yo. Tenía que estar solo en la habitación. Pero alguien se me acercó por la derecha.
-Hola chiquillo – Su voz era grave, hablaba con una serenidad extraordinaria. Parecía muy seguro de si mismo.
-Hola – Conseguí contestarle, tras un tiempo. - ¿Quién eres tú?
-Yo soy alguien que te va a solucionar todos tus problemas en vida. – Hablaba con una seriedad y una firmeza que me hicieron creer por un momento que así sería. La voz me sonaba familiar. La conocía de algo, pero no sabía de qué era. No era mi padre. No tengo hermanos. La había escuchado… en mis últimos sueños. Me vino una imagen a la cabeza. Un hombre, encapuchado. No se le veía la cara. El pelo lo tenía oculto, y sus ropajes eran extraños, como si hubiera vivido muchos años con ellos puestos.
-Déjame verte. – Dije, sin saber bien por qué.
-Todo en su momento, joven. – Otra imagen vino a mi mente: el hombre encapuchado, pero esta vez le podía ver los ojos… únicamente los ojos.
Un fuerte olor a sangre me alertó. Me asusté al principio pensando que era mía. Pronto me di cuenta de que provenía de mi nuevo acompañante.
-¿Qué quieres de mi? – Le pregunté, esperando una respuesta. Pero no la hubo. La presencia desapareció y con ella el olor a sangre. La puerta se abrió. Unos pasos. Unas palabras:
-Cariño, ¿estás bien? – Mi madre.
-Sí… pero no puedo ver. – El pitido de fondo había vuelto.
-Te vendaron los ojos por prevención. Pero me dijeron que ya no había peligro. Dentro de un rato una enfermera vendrá a quitarte las vendas. – Por fin una buena noticia.
Pasaron unos minutos. Mi madre me agarraba la mano. Creo que lloraba. La enfermera entró y desvendó mis ojos. Mis preciados ojos… o quizás no. Nunca me habían gustado. Me dieron más problemas que otra cosa. A pesar de que las vendas no cubrían mis ojos, no los abrí. Me quedé con los ojos cerrados, esperando algo. No sé bien lo que era, pero estaba esperando algo. Pasó una hora. Estuve hablando un tiempo con mi madre. Me contó cosas de cuando era pequeño. Pero no llegó a decir nunca mi nombre. No le pregunté por él. No sé por qué. Se hizo media noche.
-Hijo… he de irme. Mañana tengo que madrugar para ir a trabajar. En cuanto salga del trabajo vendré a verte. – Sus últimas palabras las dijo sollozando.
Estaba otra vez solo, en la habitación de un hospital. El suero me lo cambiaron otra vez poco antes de que mi madre se fuera. Otra vez la extraña presencia, acompañada del olor a sangre y del acallo del pitido constante de fondo.
-Has vuelto – Esta vez la conversación la empecé yo.
-Así es. Y ya es la hora. – Dijo con la misma tranquilidad de siempre.
-¿La hora? ¿La hora de qué? – Pensé en abrir los ojos y mirarlo a la cara. Pero no me atreví.
-Abre los ojos, no tengas miedo – Un tono de humor llenaba estas palabras. Parecía que leyese mis pensamientos.
Los abrí. A mi izquierda, un hombre encapuchado. Sus ropajes parecían llevar sobre su cuerpo muchos años. Tal y como me lo había imaginado. La cara y el pelo estaban tapados, pero las manos las tenía a la vista. En ese momento recordé algo más:
Era antes de la carrera. Estábamos calentando cuatro o cinco personas. Me había apartado del grupo un momento, y un chaval me siguió:
-¿Oíste hablar de los vampiros? – Dijo, un tanto emocionado.
-¿Esos humanos que viven muchos años chupando sangre? Sí. En mi opinión son bobadas.
-No lo son. He visto uno. Lo sé.
-Claro, seguro. – Dije con ironía – Y yo soy uno de ellos.
-No puedes serlo, estás al sol. – Dijo, como si quisiera demostrarme que sabía sobre el tema.
“No me lo recuerdes.” Pensé “Odio el sol”
-¿Pero realmente te crees esas historias? – Le dije, extrañado.
-¡De verdad! He visto a uno. Anoche. No podía dormir y me puse a mirar por la ventana. Y ahí lo vi.
-¿Lo pillaste chupándole la sangre a alguien?
-Eh… no…
-¿Viste como volaba? ¿Pudiste ver su fuerza sobrehumana? ¿Viste algo que te dijera realmente que era un vampiro? – Yo también sabía cosas sobre los vampiros.
-No… pero sé que era un vampiro. Me lo dice mi instinto. – El chaval se había desanimado un poco, pero no cesó en su intento.
-En mi opinión te lo imaginaste. Déjame en paz, tengo que concentrarme para la carrera.
Sus manos eran blancas, como si la sangre no corriese por su cuerpo. Tenía uñas largas. Y los brazos no se movían en absoluto. Como si no respirase.
-¿Cómo… cómo has entrado aquí? ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? – Me asusté un poco. Empecé a creer a aquel chaval de mi recuerdo.
-Sí, soy un vampiro, y he venido porque te elegí a ti entre todos los mortales que encontré. – Dijo. Acto seguido, me cogió en brazos y me sacó de la cama. Soltó mi suero, rompió la escayola de mi brazo y me agarró con fuerza. – Esto te dolerá un poco al principio, pero después, verás al mundo… con otros ojos.
Dicho esto, clavó sus colmillos en mi cuello. Realmente, el dolor del brazo acalló el dolor del mordisco. Pasaron unos segundos que parecieron horas. Cuando me quedaba muy poca sangre en el cuerpo, agarró la aguja del suero y se cortó con ella. Me dio a beber. Pocos segundos después, el dolor del brazo se había calmado. El tobillo no me molestaba, la mandíbula dejó de dolerme y, tal como me había prometido, empecé a ver el mundo con otros ojos.
-¿Cuál es tu nombre? – Dijo, tras apartarme de su brazo.
-No lo sé… no me acuerdo. – Contesté, un poco desanimado. El sabor de la sangre me había gustado.
-Piensa uno… uno que te guste. Lo tendrás durante más años que el que te pusieron tus padres.
Así lo hice. Dufil me pareció un buen nombre. Y ese fue el que usé. Nunca supe realmente cual era mi pasado, ni la familia que tenía… Realmente nunca supe nada más del mundo mortal.


Continuación aquí.

20 septiembre 2006

En el cementerio...

Llovía. Siempre disfruté de la lluvia. Por lo menos desde lo que mi memoria alcanzaba a recordar, que era poco más de un año. Llovía mucho y yo había salido a dar una vuelta. Sin paraguas, sin capucha. La gabardina de piel impedía que la camiseta se mojase, pero el pelo estaba expuesto a la lluvia. La música estaba lo más alto que el aparato me permitía. Lacrimosa.
En el cementerio no había gente. Diría que no había un alma, pero mentiría. Yo, la lluvia, los muertos, las tumbas, la noche… Todo era perfecto… o casi. Vagabundeé durante varias horas en un laberinto de lápidas, cruces viejas, flores, piedras, recuerdos, mausoleos… pero no encontré lo que me faltaba. Me detuve ante una tumba que me llamó la atención “esto no estaba aquí antes” pensé. Me agaché y tomé la rosa que reposaba sobre la lápida. Una sola rosa que contenía todo el dolor de alguien. Busqué el nombre del que se encontraba debajo, pero no lo encontré. El epitafio era claro y corto “Muerte repentina”.
Un rayo iluminó la zona. Mi sombra se mostró sobre la lápida. Segundos después, un estrépito hizo temblar el cementerio. Parecía que los muertos estuvieran intentando salir una vez más a la superficie. Oí unas voces, unos pasos, la lluvia… dos individuos se me acercaban majestuosamente. Me habían visto, yo lo sabía, y ellos sabían lo que yo sabía. Se detuvieron delante de mi. Silencio. El agua había llegado a mojarme el cuello.
- Es la hora – dijo uno de los individuos.
Me di la vuelta y me fui. Nunca supe el por que. Nunca supe cómo había entendido tan bien esas palabras. Nunca volví a verlo. La luna estaba llena de camino a casa, pero esa noche había otras cosas en las que pensar…

19 septiembre 2006

Dickens Pub

Llovía. Serían las dos de la madrugada. Después de la noticias de la muerte de Zack, me apetecía distanciarme del mundo. Subí una calle con bastante dificultad y giré a la izquierda. Parecía que esa era la zona en la que se agrupaban los pub’s de la ciudad. Había un pequeño grupo de chicas muy jóvenes y muy borrachas hablando en la acera opuesta a la que yo estaba transitando. El primer local que vi tenía buna pinta… pero demasiada gente para mi gusto, por lo que seguí caminando.
Me detuve, finalmente, frente un local que tenía una leve iluminación de tono azulado. No se veía bien lo que había en el interior, pero no se oía demasiado barullo, lo que me incitó a entrar. Así lo hice. Delante de mí se presentaba un pasillo. A la derecha la barra. A la izquierda algunas mesas con sillones. El pasillo llevaba, sin puerta que separase el local, hasta una habitación más grande y ancha. Mientras recorría el pasillo, observé a la gente que se encontraba allí. Me paré en el camarero. Iba bastante elegante. Una camisa negra con una corbata del mismo color y unos pantalones a juego. Llegué hasta el final del pasillo y me detuve a observar a la gente que estaba sentada en las mesas. A mi izquierda, cerca de los lavabos, había una pareja sentada, muy acaramelados. Él estaba tomando un Carolans o algo así, mientras que ella tomaba algo con limón. El chico no pasaría de los 20 años, llevaba ropas tan negras como el camarero. La chica que le acompañaba, más o menos tendría la misma edad; llevaba una camiseta negra y unos vaqueros. Giré la vista y, dos mesas más allá, un grupo de dos parejas charlaba animadamente. Más hacia el centro de la sala, un hombre bastante… bien alimentado, fumaba un puro y tomaba una copa de whisky mientras su mujer disfrutaba luciendo sus joyas y su vestido, mientras tomaba algún líquido incoloro en un vaso de tubo.
En la pared del fondo, me llamó la atención una pantalla que mostraba un curioso videoclip, en el que las imágenes que se veían, en lugar de contar una historia de principio a fin, iban en sentido inverso al habitual.
Me senté en una mesa medio apartada y pedí un whisky con hielo. Cuando posaron el vaso sobre mi mesa, iba acompañado de la cuenta, lo que me extrañó enormemente. Aunque también me parecía muy práctico.
Empecé a pensar mientras miraba los hielos, con una forma bastante poco común, que daban vueltas en el vaso, mientras poco a poco iba bebiendo el contenido del vaso. Ya llevaba un rato en el local cuando me entraron ganas de ir al lavabo. Me sorprendió ver que la pareja de jóvenes seguía en su esquina, tan acaramelados como antes, pero con bastante menos bebida en sus respectivos vasos.
Sorprendentemente los lavabos tenían cierta elegancia que me recordaba a la que sería exquisita hacía diez años… como si el local tuviera ese tiempo y hubiera conservado la elegancia de entonces intacta, lo que le daba un aire especial.
Al salir de ahí, la pareja de jóvenes ya estaban en la barra, esperando a que el camarero les cobrase. A ambos se les veía contentos… como si supieran lo que les venía ahora y estuvieran satisfechos.
Volví a mi sitio a terminar con mi bebida. No me quedaba demasiado, y los hielos ya se habían derretido, por lo que no tardé mucho. Miré la cuenta, saqué el dinero y lo puse en el platillo; tras levantarme dejé todo eso sobre la barra, sin detenerme a esperar. Salí del local y una brisa fresca me despejó ligeramente la mente.
Me puse los cascos. Me apetecía escuchar más música y la del pub no salía de sus muros. Puse el volumen todo lo alto que pude y, medio borracho, medio mareado, bastante sordo, medio dormido y más desconcertado que antes, empecé a caminar por la ciudad una vez más. No hacía frío… por lo menos yo no lo notaba. Me detuve en un parque, frente a un hotel, a mirar el cielo. Hasta ese momento no me di cuenta de que había cesado la lluvia durante mi estancia en el local. Las nubes se habían ido y las estrellas, acompañando a la luna, le daban al cielo un aspecto muy caprichoso. Me dormí.

18 septiembre 2006

† 18 de Septiembre de 2006 †

Esta entrada es una prueba más para ver lo bien que funciona el blog y para ver si me da algún problema.

También es una prueba para ver si el color de fondo con el color de las letras se puede adaptar y ver cuán bien funciona el sistema del mismo.

Saludos:



Sir Dufil