Tengo 17 años, creo. Hace poco perdí la memoria y no sé nada de mi… lo último que recuerdo… estaba en un lugar grande, como un estadio… no estaba en las gradas… hacía sol. Nunca me gustó el sol. Quizás por eso me ocurrió lo que me ocurrió… pero no precipitemos las cosas. Estaba en un estadio, hacía sol. Al parecer iba a correr una carrera… sí… una carrera. Me acuerdo que siempre corrí mucho. Me apunté a una competición de 100 metros lisos… necesitaba algo de dinero. Dan la salida… en medio de la carrera pisé mal. Me caí, y creo que alguien tropezó con mi cabeza. Posiblemente el corredor de al lado. Lo que ocurrió antes de eso… está borroso. Lo que ocurrió después… es más complicado.
“¿Dónde estoy?” pensé “me duele la cabeza… ¿Qué es ese pitido de fondo?” Intenté abrir los ojos. Fue inútil. Los tenía vendados con algo. Intenté quitarme la venda con las manos. La mano izquierda no me responde, la derecha tiene algo clavado. “¡Mierda! ¿Qué ocurrió? No consigo acordarme de nada”. Oigo unos pasos. Intento hablar. Me duele la mandíbula al moverla, pero consigo articular algunas palabras.
-¿Qué ocurre? No puedo ver.
-¡Ah!, el pequeño corredor se ha despertado. ¿Cómo te encuentras, muchacho?
-Mi cabeza da vueltas… no puedo ver… me duele la cara… me duele todo… ¿Qué ocurrió?
-Tuviste un fuerte accidente. Mientras corrías, pisaste mal y te torciste el tobillo. En la caída, apoyaste mal el brazo izquierdo y te lo rompiste. El que corría a tu lado te pisó la cara sin querer y tropezó.
El médico siguió hablando, pero yo no le escuché más. Mientras hablaba miró unas cosas. Oí como pasaba unas hojas. “¿Qué estará mirando?” pensé “mi historial médico… supongo. O el resultado de alguna prueba.”
-Bien… todo está en orden. Es posible que la cabeza te duela durante un tiempo. E incluso que no recuerdes nada durante unos días. No te asustes.
La última frase me tranquilizó… un poco. El médico se fue. Cerró la puerta detrás de él. Unos segundos más tarde, llegó una enfermera:
-Hola chaval, ¿Qué tal? ¿Cómo has pasado la tarde? – Dicho esto, se puso a cambiarme el suero. “Ahora que lo pienso… ¿Cuánto tiempo llevo aquí?” me puse nervioso. No podía vocalizar y el pitido de fondo me estaba taladrando los oídos. Cuando la enfermera se fue, empecé a analizar la situación. “Me torcí el tobillo… ¿Qué tobillo?... el derecho no fue, no me duele. El izquierdo… ¡Auch!. Fue el izquierdo. Me rompí el brazo izquierdo. Por eso no lo podía mover. Y supongo que el suero es lo que me impedía mover la mano derecha… vamos a ver si puedo quitarme la venda de los ojos”. En ese momento noté una presencia extraña. Una presencia que me tranquilizó. No había oído entrar a nadie, y el médico no se había dirigido a otra persona que no fuera yo. Tenía que estar solo en la habitación. Pero alguien se me acercó por la derecha.
-Hola chiquillo – Su voz era grave, hablaba con una serenidad extraordinaria. Parecía muy seguro de si mismo.
-Hola – Conseguí contestarle, tras un tiempo. - ¿Quién eres tú?
-Yo soy alguien que te va a solucionar todos tus problemas en vida. – Hablaba con una seriedad y una firmeza que me hicieron creer por un momento que así sería. La voz me sonaba familiar. La conocía de algo, pero no sabía de qué era. No era mi padre. No tengo hermanos. La había escuchado… en mis últimos sueños. Me vino una imagen a la cabeza. Un hombre, encapuchado. No se le veía la cara. El pelo lo tenía oculto, y sus ropajes eran extraños, como si hubiera vivido muchos años con ellos puestos.
-Déjame verte. – Dije, sin saber bien por qué.
-Todo en su momento, joven. – Otra imagen vino a mi mente: el hombre encapuchado, pero esta vez le podía ver los ojos… únicamente los ojos.
Un fuerte olor a sangre me alertó. Me asusté al principio pensando que era mía. Pronto me di cuenta de que provenía de mi nuevo acompañante.
-¿Qué quieres de mi? – Le pregunté, esperando una respuesta. Pero no la hubo. La presencia desapareció y con ella el olor a sangre. La puerta se abrió. Unos pasos. Unas palabras:
-Cariño, ¿estás bien? – Mi madre.
-Sí… pero no puedo ver. – El pitido de fondo había vuelto.
-Te vendaron los ojos por prevención. Pero me dijeron que ya no había peligro. Dentro de un rato una enfermera vendrá a quitarte las vendas. – Por fin una buena noticia.
Pasaron unos minutos. Mi madre me agarraba la mano. Creo que lloraba. La enfermera entró y desvendó mis ojos. Mis preciados ojos… o quizás no. Nunca me habían gustado. Me dieron más problemas que otra cosa. A pesar de que las vendas no cubrían mis ojos, no los abrí. Me quedé con los ojos cerrados, esperando algo. No sé bien lo que era, pero estaba esperando algo. Pasó una hora. Estuve hablando un tiempo con mi madre. Me contó cosas de cuando era pequeño. Pero no llegó a decir nunca mi nombre. No le pregunté por él. No sé por qué. Se hizo media noche.
-Hijo… he de irme. Mañana tengo que madrugar para ir a trabajar. En cuanto salga del trabajo vendré a verte. – Sus últimas palabras las dijo sollozando.
Estaba otra vez solo, en la habitación de un hospital. El suero me lo cambiaron otra vez poco antes de que mi madre se fuera. Otra vez la extraña presencia, acompañada del olor a sangre y del acallo del pitido constante de fondo.
-Has vuelto – Esta vez la conversación la empecé yo.
-Así es. Y ya es la hora. – Dijo con la misma tranquilidad de siempre.
-¿La hora? ¿La hora de qué? – Pensé en abrir los ojos y mirarlo a la cara. Pero no me atreví.
-Abre los ojos, no tengas miedo – Un tono de humor llenaba estas palabras. Parecía que leyese mis pensamientos.
Los abrí. A mi izquierda, un hombre encapuchado. Sus ropajes parecían llevar sobre su cuerpo muchos años. Tal y como me lo había imaginado. La cara y el pelo estaban tapados, pero las manos las tenía a la vista. En ese momento recordé algo más:
Era antes de la carrera. Estábamos calentando cuatro o cinco personas. Me había apartado del grupo un momento, y un chaval me siguió:
-¿Oíste hablar de los vampiros? – Dijo, un tanto emocionado.
-¿Esos humanos que viven muchos años chupando sangre? Sí. En mi opinión son bobadas.
-No lo son. He visto uno. Lo sé.
-Claro, seguro. – Dije con ironía – Y yo soy uno de ellos.
-No puedes serlo, estás al sol. – Dijo, como si quisiera demostrarme que sabía sobre el tema.
“No me lo recuerdes.” Pensé “Odio el sol”
-¿Pero realmente te crees esas historias? – Le dije, extrañado.
-¡De verdad! He visto a uno. Anoche. No podía dormir y me puse a mirar por la ventana. Y ahí lo vi.
-¿Lo pillaste chupándole la sangre a alguien?
-Eh… no…
-¿Viste como volaba? ¿Pudiste ver su fuerza sobrehumana? ¿Viste algo que te dijera realmente que era un vampiro? – Yo también sabía cosas sobre los vampiros.
-No… pero sé que era un vampiro. Me lo dice mi instinto. – El chaval se había desanimado un poco, pero no cesó en su intento.
-En mi opinión te lo imaginaste. Déjame en paz, tengo que concentrarme para la carrera.
Sus manos eran blancas, como si la sangre no corriese por su cuerpo. Tenía uñas largas. Y los brazos no se movían en absoluto. Como si no respirase.
-¿Cómo… cómo has entrado aquí? ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? – Me asusté un poco. Empecé a creer a aquel chaval de mi recuerdo.
-Sí, soy un vampiro, y he venido porque te elegí a ti entre todos los mortales que encontré. – Dijo. Acto seguido, me cogió en brazos y me sacó de la cama. Soltó mi suero, rompió la escayola de mi brazo y me agarró con fuerza. – Esto te dolerá un poco al principio, pero después, verás al mundo… con otros ojos.
Dicho esto, clavó sus colmillos en mi cuello. Realmente, el dolor del brazo acalló el dolor del mordisco. Pasaron unos segundos que parecieron horas. Cuando me quedaba muy poca sangre en el cuerpo, agarró la aguja del suero y se cortó con ella. Me dio a beber. Pocos segundos después, el dolor del brazo se había calmado. El tobillo no me molestaba, la mandíbula dejó de dolerme y, tal como me había prometido, empecé a ver el mundo con otros ojos.
-¿Cuál es tu nombre? – Dijo, tras apartarme de su brazo.
-No lo sé… no me acuerdo. – Contesté, un poco desanimado. El sabor de la sangre me había gustado.
-Piensa uno… uno que te guste. Lo tendrás durante más años que el que te pusieron tus padres.
Así lo hice. Dufil me pareció un buen nombre. Y ese fue el que usé. Nunca supe realmente cual era mi pasado, ni la familia que tenía… Realmente nunca supe nada más del mundo mortal.
Continuación
aquí.