07 febrero 2007

The End

Cierro aquí. Ha caido y ha estado abandonado demasiado tiempo. Lo siento...




Estaba anocheciendo y miré al cielo. La luna, todavía creciente, ya comenzaba a tomar protagonismo en la iluminación de la ciudad. Volvía a mirar hacia delante. Las pocas personas que quedaban transitando esa solitaria calle me miraban con algún gesto entre sorpresa y miedo.
Me detuve delante de un escaparate y decidí mirar mi reflejo. La falta de suficiente luz hacía que más que un reflejo fuera un fantasma elevado sobre el suelo del establecimiento. El sombrero, junto con la gabardina, me daban un aspecto que se me antojó misterioso. La sonrisa que decoraba y a la vez medio deformaba mi cara me daba un toque de dejadez, unido con un leve aire de satisfacción. Posiblemente lo que causaba las extrañas miradas era el conjunto en sí.
Miré el reloj. Me obligué a seguir caminando; ya llegaba tarde. A pesar de la cuesta arriba y de lo cansado que venía del viaje, retomé la marcha. En menos de 20 minutos estaba en una bifurcación. Intenté recordar unas palabras: “en la bifurcación, a la derecha y luego a la izquierda… por donde está la iglesia rara. Luego todo recto”. Hice caso. Me metí la primera a la derecha y seguí caminando unos cuantos metros más. En una orilla del camino, al borde de una segunda bifurcación, se podía leer en un edificio “capilla de la virgen del dolor”. A pesar de lo extraño del nombre, y de que no era una iglesia en sí, tomé ese camino.
El tiempo y lo pequeño de la luna, unido a la falta de iluminación del camino, me hacían parecer una sombra moviéndose. Lo sigiloso de mis pasos ayudaba a pensar que no correspondía a ningún cuerpo físico y el viento ondeaba la parte de atrás de la gabardina a su antojo.
Llegué al lugar indicado. Saqué el móvil y pulsé unas teclas. Esperé el tono y colgué. Observé la zona y me senté en una piedra cubierta por la sombra de un árbol cercano. Escuché pasos, me levanté y avancé. Nos miramos a los ojos y ella inició una conversación:
- Llegas tarde- Pero llegué; y ya me voy. No me apetece meterme en más líos. Dime lo que me tengas que decir y olvídate de mí para siempre.- Lo que había que decir ya está dicho. Te hice venir para devolverte tus cosas… supongo que todavía querrás conservar alguna.
Hice como si no hubiera escuchado nada de lo que me dijo y me di la vuelta. Siempre se me había dado bien desaparecer sin ser descubierto; pero esta vez fue más fácil. Mientras me alejaba, pude escuchar algún sollozo. Tal vez de tristeza, tal vez mera actuación.
A mi también me daba pena… pero hay cosas que se caen por su propio peso.