18 noviembre 2006

Distracción

No acostumbraba a salir tan temprano, pero ese día le apeteció. Le gustaba encender el mp3 a todo volumen e ignorar al resto del mundo. Por lo menos en el camino hasta el instituto, donde tendría que volver a la realidad y olvidar el mundo fantástico en el que se metía; ese mundo en el que tanto disfrutaba estando. Salió media hora antes de lo habitual. Todavía no había amanecido, y eso le gustó. Le gustaba ver el cambio gradual de tono que iba sufriendo el cielo según el tiempo pasaba, los colores que iba adquiriendo según el sol se levantaba y lo que quedaba de ellos, cuando las nubes los tomaban prestados. También disfrutaba al ver los reflejos que los cristales dejaban en su camino y las figuras recortadas de los pájaros que vuelan a la vez que cantan en el cielo.
La primera canción que empezó a sonar en el mp3 era una canción que le gustaba mucho. Era una canción que ponía cada vez que quería pensar, pues era instrumental y no había letra que le pudiera distraer. La canción comenzó a sonar y una sonrisa se asomó lentamente en sus labios cuando la reconoció. Sin embargo, a pesar de ello y de la fuerza y energía que transmitía la canción, su pasó siguió siendo lento, pero más firme.
Las personas que solían salir a la calle a esas horas y que, igual que siempre, ese día estaban siguiendo su rutina, se extrañaron al ver a un joven con unas vestimentas tan extrañas. A pesar de ello, él actuaba como si estuviera solo. Caminaba en línea recta, por el medio de la acera, dejando que la gabardina ondease al viento.
Poco a poco, la sonrisa se convirtió en una mueca de atrevimiento. En una sonrisa de satisfacción. La música golpeaba en sus tímpanos y le transmitía una energía misteriosa, que le hacía sentirse capaz de realizar cualquier acto que se propusiera.
En su andar, seguía el ritmo de la música, disfrutando cada instrumento, cada compás, cada nota, cada vibración...
Se soltó el pelo, levantó la cabeza y miró fijamente a los ojos de un transeúnte que, por un instante, deseó no estar ahí y no pudo ocultar la mueca de susto.
Repentinamente, silencio... la canción había acabado y la energía dejó de fluir entre sus células. La sonrisa atrevida rápidamente se metamorfoseó en una mueca de tristeza. La siguiente canción era una que le traía recuerdos... posiblemente en otra época los hubiera calificado como buenos recuerdos, incluso tal vez hasta deliciosos... pero ahora dolían. El paso lento y firme se convirtió en un extraño vaivén de piernas, inseguro e inestable. Sus ojos miraban en dirección al suelo, pero no se fijaban en nada. Sus pensamientos de dolor lo cegaron ante todo.
Tanto lo cegaron, que no vio que las baldosas con recuadros que llevaba recorriendo varios metros se convirtieron poco a poco en asfalto liso, oscuro y frío. Tan ciego se quedó, que la línea blanca sobre la que puso el pie no le indicó nada. La ceguera llegó hasta tal punto, que las luces que se aproximaron rápidamente por su izquierda no le advirtieron de nada. Su dolor era tan fuerte, que también estaba sordo ante el claxon que sonó, instantes antes de convertir el dolor mental en físico…

Y luego silencio… y oscuridad.

1 comentario:

Yolanda dijo...

En ocasiones parece mejor dejarse matar en ese mundo tan fantástico que seguir recibiendo golpes en la vida real...

Sólo en ocasiones.

Te quedó muy bien. Besos.