20 septiembre 2006

En el cementerio...

Llovía. Siempre disfruté de la lluvia. Por lo menos desde lo que mi memoria alcanzaba a recordar, que era poco más de un año. Llovía mucho y yo había salido a dar una vuelta. Sin paraguas, sin capucha. La gabardina de piel impedía que la camiseta se mojase, pero el pelo estaba expuesto a la lluvia. La música estaba lo más alto que el aparato me permitía. Lacrimosa.
En el cementerio no había gente. Diría que no había un alma, pero mentiría. Yo, la lluvia, los muertos, las tumbas, la noche… Todo era perfecto… o casi. Vagabundeé durante varias horas en un laberinto de lápidas, cruces viejas, flores, piedras, recuerdos, mausoleos… pero no encontré lo que me faltaba. Me detuve ante una tumba que me llamó la atención “esto no estaba aquí antes” pensé. Me agaché y tomé la rosa que reposaba sobre la lápida. Una sola rosa que contenía todo el dolor de alguien. Busqué el nombre del que se encontraba debajo, pero no lo encontré. El epitafio era claro y corto “Muerte repentina”.
Un rayo iluminó la zona. Mi sombra se mostró sobre la lápida. Segundos después, un estrépito hizo temblar el cementerio. Parecía que los muertos estuvieran intentando salir una vez más a la superficie. Oí unas voces, unos pasos, la lluvia… dos individuos se me acercaban majestuosamente. Me habían visto, yo lo sabía, y ellos sabían lo que yo sabía. Se detuvieron delante de mi. Silencio. El agua había llegado a mojarme el cuello.
- Es la hora – dijo uno de los individuos.
Me di la vuelta y me fui. Nunca supe el por que. Nunca supe cómo había entendido tan bien esas palabras. Nunca volví a verlo. La luna estaba llena de camino a casa, pero esa noche había otras cosas en las que pensar…

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